día primero
Empiezo, el empezar el día,
a evocar tu imagen; el recuerdo,
apenas vivido, de tu piel;
la luz de tus ojos cansados.
Imagino la ciudad
donde ahora caminas o duermes;
el sol, que como aquí estará naciendo.
Y me vuelvo a sentir deificante
por crear los dioses que te vuelvan
y tener así la posibilidad
del encuentro casual. Espero.
día segundo
Enciendo un Malboro de tu paquete (y ya sólo quedan dos) para tratar de convencerme de que es preciso hacer algo por recordarte… como si no llevara todo el día pensando que aún faltan… o tal vez más, y que mientras tanto no puedo hacer más que…
Te imagino en una ciudad
que siempre soñé gris; espiada
por las miradas de unos y otros
que se preguntan inquietos quién.
Me digo que yo estoy en el secreto,
que puedo llegar a saber quién
y por qué.
Siempre la sueño gris,
y por completo diferente a ésta;
con otro mar, otras gentes
y otros alrededores. No sé por qué.
Quizá por durante años (¿o fueron siglos?)
predominó el gris de los uniformes,
porque en las páginas de los diarios
siempre es gris y ruinosa, fantasmal…
Quizá ahora no;
quizá ahora la vieja ciudad
se sienta estremecida por tu presencia;
quizá tiemble volviendo a la vida
o se asombre de haber estado
tantos años sin reconocerte.
día tercero
Es ligeramente estremecedor
el hecho de que, a fin de cuentas,
sólo seas una mujer.
Porque, ¿sabes?…
Inasequible al desaliento
persisto en mi actitud.
Sí, cada mañana
sigue siendo lo mismo;
cada despertar
es el mismo despertar;
cada rato vacío
el mismo anhelo.
Me digo a veces
que sólo eres una mujer…
y casi me aterra la idea,
sin llegar a comprenderlo.
Una mujer…
y el aliento y la voz
se cortan,
incapaces de seguir…
día cuarto
Caminar de tu mano hacia el mar
olvidando las claves del pensamiento;
alcanzar junto a ti la cima
dejando atrás cualquier anhelo;
reconocer, con tus ojos y los míos,
todo lugar ante el que me detengo.
No más.
Y no menos.
Acaso sea pedir demasiado,
pero, ¿sabes?, llegará el momento.
día quinto
¿Que qué espero?. Espero…
Y que vieras mi barba crecer
durante al menos tres días,
y mi sueño de cada noche,
mi despertar intrigado.
Y saber yo del crecimiento de tu cabello,
del hálito incierto de tu madrugada,
del corazón brevemente alterado
que tu pecho alberga.
Conocer del otro
el pulso de cada hora,
el aliento de cada instante,
la sed de algunos momentos.
Saber con precisión
el minuto exacto de la palabra,
el preciso segundo de la caricia,
la hora de los roces silenciosos.
Descubrir entre miles la piel esperada,
saber de los labios el sabor anhelado,
entender las palabras sin voz pronunciadas.
Nada más.
día sexto
Fui a donde sueles
buscando tu ausencia,
algo
que hasta ti me acercara,
tu vacío…
porque tu falta me permite creer
que es como otros días,
como otras veces que he ido
y no te he encontrado;
y me permite sustentar la esperanza
del día siguiente,
el pensamiento
del encuentro casual…
por eso fui donde sueles,
buscando tu ausencia…
y al séptimo día…
… pero no, no hubo más que seis días de espera, porque luego la paciencia, la capa de racionalidad de la que había logrado cubrir al esperar, empezó a desmoronarse a pasos agigantados. Y cada moto roja que veía era la tuya, y cada llamada del teléfono tu mensaje, y cada paseo solitario un incesante girar de los ojos buscando tu sombra en cada rincón… Pero las motos acababan por acercarse a mi y me enseñaban que no eras tú quien estaba encima, y las voces del teléfono preguntaban por personas que al pronto me sonaban lejanas y desconocidas, y la sombra que en todos los rincones se agitaba como dispuesta a reconocerme nunca era tu sombra.
Después venía la sensación de ridículo. Mis pies volvían a la acera de la que se habían bajado para que me vieras mejor desde la moto; las manos que presurosas se habían aferrado al teléfono lo entregaban a otras manos, o la voz murmuraba un "está mejor" o un "no, ha salido" (¿quién estaba mejor?. ¿quién había salido?); los ojos se cerraban cansados de buscar en cada rincón, y un rápido parpadeo lograba controlar la decepción, evitando a la vez que el viento, o el polvo, o el humo del cigarro, cometieran la torpeza de arrancarles una lágrima.
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